Galileo Galilei

El día de ayer 8 de enero se cumplió un aniversario más de la muerte del gran científico renacentista Galileo Galilei, el padre de la ciencia moderna. Pero no voy a dedicar una entrada a escribir sobre los descubrimientos o logros que hizo Galilei en su afán de conocimiento, sino de algo que pocas veces se toma en cuenta y que estuvo estrechamente ligado a él: el eterno conflicto entre ciencia y religión.

Los primeros problemas vinieron después de que Galileo hubo hecho observaciones con el telescopio que él mismo construyó. Sus resultados los publicó en un tratado titulado Sidereus Nuncius. Entre otras cosas, en ese tratado él habló sobre las irregularidades orográficas de la luna, las miles de estrellas “nuevas” que estaban ahí pero que eran invisibles al ojo desnudo y las lunas de Júpiter.

En aquellos tiempos, la filosofía de Aristóteles, tonta, vacía y sin sentido, era la que aún predominaba. Por lo tanto, el modelo geocéntrico, es decir, la idea de que la Tierra era el centro del universo, y todo giraba alrededor de ella era la doctrina fundamental para todo aquel que se interesara un poco por los astros. De este modo, Galileo fue cuestionado y criticado porque según la Iglesia, Dios no podía haber hecho creaciones que fueran inútiles como aquellos “pequeños planetas” que giraban alrededor de Júpiter o aquellas estrellas que ni siquiera se podían ver. Además, la luna, una esfera perfecta, lisa e inmutable, no podría contener imperfecciones en su superficie. Y por si fuera poco, esas lunas de Júpiter estaban orbitando alrededor de Júpiter y no de la Tierra, invalidando así el geocentrismo.

El Sidereus Nuncius fue, por tanto, el comienzo de una guerra entre el razonamiento inductivo y el razonamiento deductivo. Así, Galileo siempre basó sus afirmaciones en cosas que cualquiera podía demostrar, frente a sus enemigos que hacian deducciones a partir de cosas que no provenian de la observacion como por ejemplo, las filosofías griegas. Hay que saber tambien que, para toda la clase clerical, habían muchos pasajes bíblicos que estaban mal entendidos. Por citar un caso, los partidarios cristianos del geocentrismo basaban su afirmación en una malinterpretación del Salmos 93:1 donde en pocas palabras se dice que “Dios ha fijado el mundo y no se le hará tambalear”, o no se moverá. Un estudio de este salmo, da a entender según el contexto, que la Tierra nunca será removida o destruida.

Otra observación muy polémica que realizó Galileo fueron las manchas solares. Aquí aplicaba el mismo principio aristotélico que con la luna. El Sol era perfecto, no podía contener manchas o imperfecciones en su superficie. La otra traba que se le imponía era que las manchas oscuras eran planetoides que estaban orbitando la Tierra entre el Sol y nuestro planeta. Galileo sin embargo demostró con cálculos matemáticos que esas manchas estaban en la superficie del Sol. Y además, que el Sol mismo está en rotación, sugiriendo con ello que la Tierra también podría estarlo. Así que con cada nuevo descubrimiento Galileo se hacía de más y más enemigos.

En fin, fueron tantas las afirmaciones contrarias a las ideas infundamentadas y altamente arraigadas en la gente que Galileo se enemistó con media Italia y finalmente terminó compareciendo ante la Inquisición Romana acusado de herjía. Su juicio llevó muchos años hasta que finalmente, y dada la edad avanzada de Galileo, el papa lo condena a un arresto domiciliario de por vida. Fue justo despues de haber escuchado la lectura de la condena cuando según la tradición, Galileo pronunció su famosa frase: “Eppur si muove” (Y sin embargo se mueve).

Galileo

Galileo ante la Santa Inquisición

¿Demuestra esto que la Ciencia y la Biblia están enemistadas? Por supuesto que no. Aunque la Biblia no enfoca su atención en temas científicos, nunca contradice a la ciencia cuando hace afirmaciones científicas. Por ejemplo, el libro de Job, una obra maestra de la literatura universal, escrita aproximadamente en el siglo XV antes de Cristo (3500 años atras) dice claramente que Dios “cuelga la Tierra sobre nada” (Job 26:7). Aunque se puede decir que la Tierra “cuelga” gracias a la gravedad, esta fuerza es invisible y desde el punto de vista común, -no científico-,  la Tierra está por así decirlo suspendida en el vacío. La mejor prueba de ello se tuvo hasta el mismo siglo XX cuando el hombre fue capaz de orbitar la Tierra con aeronaves y contemplar por primera vez la Tierra desde el espacio.

En esa misma observación se pudo notar algo que ya se sabía pero que jamás se había observado con ojos humanos. La forma de la Tierra. Mucho tiempo después de Job, en el siglo VIII antes de Cristo el profeta Isaías hablando desde la perspectiva de Dios, escribió: “Hay uno que mora por encima del círculo de la Tierra” (Isaías 40:22). Aunque sabemos que la Tierra no es redonda sino esférica y ni siquiera es una esfera perfecta por causa de la rotación que “achata” los polos, es sin duda una afirmación correcta desde el mismo punto de vista de lo que es la de Job.

Así que, seamos o no creyentes, no deberíamos juzgar sin conocer. Galileo se enfrentó con valor a la Iglesia por defender lo que para él era real, pues lo había observado. Sus enemigos defendían lo irreal, pues hayan sido clérigos o no, sencillamente respetaban más las filosofías nunca comprobadas de hombres como Aristóteles o Ptolomeo aunque sus afirmaciones no se encontraran en la Biblia.

Galileo es un ejemplo de lealtad hacia la razón. No de hablar por hablar o creer por creer. No de tener una fe ciega. Él era un hombre religioso como todos los grandes científicos de la Edad Media, pero sabía hasta donde iba a aceptar las doctrinas religiosas. La moraleja de esto es que, antes de creer o refutar una idea, primero hay que investigar, documentarse y comprobar.

Ahora si no es mucha molestia, me iré a escuchar el mismo álbum de Haggard que escucho siempre que me acuerdo de Galileo, llamado Eppur si muove, como su célebre frase…

 

Con especial dedicatoria a mis compas geeks Punksolid y el Keogh.